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Murió el Profesional de Golf Jorge Ramón

A los 79 años falleció el histórico profesional del Jockey Club de Tucumán. Murió en la provincia que lo recibió en 1965, a la que llegó sin saber que iba a quedarse a vivir ahí para siempre. Por Enrique Martínez Luque.

Jorge nos regaló su amistad a muchos de los que abrazamos con pasión al golf. Durante 55 años fue el primer profesional del Jockey Club y se consideraba así mismo como un servidor: “Vivo esta profesión a cada momento; estoy para servir a la gente. Trato que los golfistas lo pasen bien y puedan resolver sus problemas dentro de la cancha”, me comentaba hace 15 años en una entrevista que le hice en la terraza de Alpa Sumaj.

Muchas veces lo llamaron para volverse a Buenos Aires, pero “siempre pedía mucho dinero para que no me lleven. Nunca me iría; mi familia es feliz aquí y no dejaríamos Tucumán por nada en el mundo”, me contaba en aquella ocasión.

Los mejores golfistas profesionales de Tucumán tienen que estar agradecidos de Jorge Ramón: Javier y Rodolfo Monroy, Miguel Romero, César Monasterio, Eduardo Argiró, Adrián Monteros, César Costilla, Andrés Romero, Nelson Ledesma y tantos otros recibieron sus consejos, sus enseñanzas y, por qué no, también sus retos. Jorge los ayudó, decididamente, a ser buenos jugadores y buenas personas dentro y fuera de una cancha de golf. Sin dudas, formó a varias generaciones de golfistas. Y lo mismo sucedió con los aficionados: Augusto Bruchmann, Jaime Nougues (h) y la mismísima María Eugenia Cossio de Terán, por citar algunos, deben parte de sus logros a las enseñanzas del profesional. De la “Marusa” Cossio de Terán, Ramón llegó a decir que “hubiese sido una muy buena profesional a nivel mundial, pero prefirió formar una familia y tener hijos”.

Quiero compartir la nota que escribí para el diario La Gaceta de Tucumán a fines de agosto de 2004, en ocasión de su cumpleaños número 65. Traer a Jorge Ramón entre nosotros, aunque sea por unos minutos, será la mejor manera de recordarlo en un homenaje que quiero hacer extensivo a su mujer Perla, a su familia, a sus amigos, a la comunidad golfística tucumana y a la de todo el país.

EL GOLF NO TIENE SECRETOS PARA UN MAESTRO

(Artículo publicado en el diario La Gaceta de Tucumán, el 1 de septiembre de 2004, con motivo del cumpleaños número 65 del profesional de golf Jorge Ramón)
Marplatense de nacimiento y tucumano por adopción. Nadie más querido que él en el ámbito del golf local. Jorge Ramón, profesional del Jockey Club, llegó a la provincia en 1965 sin saber que iba a quedarse a vivir aquí para siempre. El cariño de la gente y la belleza de Tucumán fueron motivos suficientes para que el incansable profesor -el 30 de agosto cumplió 65 años- echara raíces en esta tierra.

La figura de Jorge es ineludible en la terraza del club ubicado en La Rinconada. Sus ojos transmiten la sabiduría de quien conoce el golf como pocos. Siempre dispuesto y afable, Ramón tiene una predisposición especial para cada uno de los aficionados. La vida del profesional está pletórica de anécdotas, cuentos e imborrables recuerdos relacionados con el legendario deporte escocés.

Es probable que en el día de su cumpleaños hayan desfilado por su mente varias imágenes de los momentos vividos en el club.
Quizás aprovechó para caminar por el campo de 18 hoyos, que conoce desde hace casi 40 años, y que tanto quiere. Quizás lo hizo para recordar a los amigos que no están, como así también los grandes torneos disputados y los momentos de gloria del golf tucumano. Quizás dedicó un momento de reflexión para pensar en su mujer, quien no dudó ni un instante cuando él le pidió que viniera a vivir a Tucumán. Quizás pensó en sus cuatro hijas mujeres y en sus nietos. Quizás la cancha despertó de su silencio y le habló en el oído, como queriendo darle las gracias por haber sido cuidada por él durante tanto tiempo.
“En 1965 me encontraba sin mucho trabajo y mi padre me pidió que acompañara al profesional Domingo Ronzano, que había sido contratado por el Jockey Club”, rememora Ramón. Al poco tiempo de estar en Tucumán, Ronzano renunció, Jorge pasó a ser el primer profesional del club y decidió casarse y radicarse en la provincia.

Ramón no recuerda cuándo tomó un palo de golf por primera vez. “Mi familia siempre estuvo relacionada con este deporte”, cuenta. “Mi padre trabajó en el Ituzaingó Golf Club y tuve tíos profesionales que fueron grandes campeones”, agrega. Uno de ellos, Pedro Churio, fue el que lo entusiasmó para que se dedicara en forma profesional. Esto sucedió en 1954, año en el que Jorge ganó la categoría para menores de 15 años del Campeonato Evita.

Los primeros golpes que efectuó fueron con palos hechos con ramas de los árboles, al igual que los caddies. Pero junto con el golf, Ramón tuvo al fútbol como una de sus grandes aficiones durante su juventud. “Mi posición era de nueve y hacía bastantes goles”, dice. “De chico gané muchas medallas y trofeos”, agrega el profesional, que jugó en Deportivo Merlo y llegó a probarse en Boca Juniors.

Conocedor de los principales secretos de este deporte, al principio sólo se imaginaba una carrera como profesional y no de instructor. “Pedro Churio me obligaba a tirar más de 1.000 pelotas de práctica por día en el Ituzaingó Golf Club” rememora. Finalmente, decidió incursionar en la enseñanza para tener un ingreso adicional. “Daba clases los fines de semana y practicaba de lunes a viernes”, resume.

Por aquel entonces, ser profesional de golf no era una actividad rentable. De todas maneras, apostó fuerte a su empresa. Nunca ganó un torneo importante, pero tuvo la posibilidad de jugar con figuras como Roberto de Vicenzo, Fidel de Luca, Florentino Molina y tantos otros.
“Competí desde los 15 hasta los 20 años, ya que luego tuve que hacer el servicio militar”, dice. Igualmente, en Campo de Mayo, donde estaba destinado, también dio clases de golf a los oficiales.

Al regresar de la “colimba” y después de varias idas y vueltas, decidió dejar Buenos Aires. Su llegada a Tucumán fue un bálsamo para su vida. Algunos negocios fallidos y trabajos en clubes donde no tenía tiempo para jugar y enseñar, quedaron en el pasado.

¿Cómo fue su vida durante los primeros años transcurridos en Tucumán?
Al principio viví en la ciudad, en una residencia para estudiantes. Luego me mudé a una habitación en el club y, cuando me casé, refaccioné un galpón que había cerca de la cancha. Cuando llegué a Tucumán, había mucho por hacer. El campo no era como actualmente lo conocemos y los golfistas apenas llegaban a 50. Trabajé dando clases y encargándome del mantenimiento de la cancha. Las primeras personas con las que entablé amistad fueron Jaime Nougués (padre), Gerónimo Helguera, León Rougés y Benigno Vallejo. Con ellos compartía muchas cosas, además del golf.

¿Tenía tiempo para jugar?
Cuando tenía tiempo salía a practicar, pero con el paso de los años cada vez me costaba más encontrar un espacio libre para entrenarme. De todas maneras, en su momento me preparaba fuerte para competir en el Abierto del Norte. Eso sí, era muy difícil participar y al mismo tiempo estar pendiente de la organización del torneo. Además, siempre que venía Roberto de Vicenzo jugábamos juntos, lo que no era fácil.

¿Cómo fue su desempeño como profesional?
Cuando era chico casi siempre terminaba entre los 15 primeros de cada torneo. En el Abierto del Norte realicé buenas rondas, pero nunca menores a los 67 golpes. En una ocasión, compartiendo mi salida con De Vicenzo, hice 11 golpes en el par 4 del hoyo 8. Estaba jugando bien, pero allí no salieron las cosas. Todavía recuerdo la sonrisa socarrona de Roberto cuando llegué al green de ese hoyo. Varias veces conseguí hacer un hoyo en uno.
Recuerdo que una vez, jugando la preclasificación del Abierto con Julio Núñez (padre), comencé con águila en el 1, hoyo en uno en el 2 y águila en el 3. Sin darme cuenta, me encontraba seis bajo el par en el tee de salida del hoyo 4. “Chachera” Nuñez no lo podía creer. Levantó su pelota y abandonó.

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